Sibaritissimo

Vacheron Constantin Métiers d’Art «Les Masques», Conmemoración de una colección



«Nada en este mundo anhela tanto la belleza y se engalana de tan buena gana como el alma…
Por eso hay pocas almas en el mundo capaces de resistir el poder de un espíritu consagrado a la belleza.
»

Maurice Maeterlinck, El tesoro de los humildes.

¿Qué nos transmiten estas máscaras de África, Asia, Oceanía y América? ¿Qué relación guardan con la alta relojería? “Todo” y “salta a la vista”, podría responderse; pero eso sería simplificar demasiado las cosas. La creación de esta colección Métiers d’Art «Les Masques» ha sido un proceso largo y tortuoso, sembrado obstáculos que se han superado con paciencia; aunque el resultado final bien merece toda la pasión vertida.

La idea de la colección surgió a raíz de un renovado interés general por el arte tribal. La cultura y las artes “primitivas” están atravesando una nueva época dorada, tal como lo demuestran la tan esperada y largamente aplazada inauguración del museo Quai Branly de París y los precios astronómicos alcanzados en las subastas; por ejemplo, en junio de 2006 se vendió una máscara fang por 5.900.000 euros en la casa de subastas francesa Hotel Drouot. Es la suma más elevada que jamás se haya pagado por una pieza de arte tribal. Si bien es cierto que el objeto pertenecía a Pierre Vérité, uno de los marchantes de arte africano más destacados del siglo XX, el precio no tiene absolutamente nada que ver con los cinco dólares que Max Ernst le pagó en 1941 al comerciante neoyorkino de artículos de segunda mano Julius Carlebach por una cuchara esquimal.

Una manera de entender el mundo
Fue en el siglo XIX cuando el arte “primitivo” comenzó a despertar el interés de los coleccionistas. Se percataban de su valor intrínseco y lo consideraban una obra de arte. Es lógico, por tanto, que los artistas fueran los primeros en descifrar el significado de esos objetos, tan simples y a la par elocuentes; tan solo unos agujeros esculpidos en madera: dos para los ojos, uno para la nariz y otro para la boca. Los artistas modernos de la época eran plenamente conscientes de que el arte es una de las múltiples maneras que existen de entender el mundo.

El descubrimiento del arte tribal llevó a aquellos artistas a beber de Cézanne, un maestro para todos ellos, a enfocar las cosas desde otra perspectiva, a replantearse el concepto de volumen y el de espacio, a romper con el realismo, a liberarse de las doctrinas del academicismo y a inventar una nueva manera de representar la realidad para captar la esencia del ser. Tanto fauvistas —Matisse, Derain y Vlaminck— como surrealistas y cubistas abrazaron el arte tribal y su modo de reproducir las formas reduciéndolas a la mínima expresión. Según Daniel-Henry Kahnweiler, un importante editor y marchante de arte, “los cubistas creían que, a fuerza de prescindir de toda imitación, algunas máscaras de la Costa de Marfil invitaban a quien las observaba a imaginarse el rostro cuyas facciones no se habían representado”.

¿Arte africano? No sabía que existiera.” A pesar de esta célebre cita de Picasso, el pintor se inspiró tanto en el arte africano como en el ibérico al rematar Las señoritas de Aviñón, la obra considerada como el origen del cubismo que Picasso comenzó en 1906 y terminó en julio de 1907. Mientras visitaba el museo etnográfico parisino de Trocadéro, encontró el material que necesitaba para avanzar en su búsqueda formal: “Completamente solo en aquel museo aterrador, rodeado de máscaras, muñecos de los pieles rojas y maniquíes cubiertos de polvo… fue entonces cuando se me debió de ocurrir la idea de Las señoritas de Aviñón, pero no por una cuestión formal, sino porque aquel fue mi primer exorcismo pictórico”. Según el pintor Wassily Kandinsky, “el éxito de la búsqueda de Picasso se debe al arte africano.” Y su caso no fue el único. “Toda una serie de pintores franceses y, después de ellos, toda una serie de pintores extranjeros siguieron aquel camino recién abierto. Fue el comienzo del movimiento cubista”, escribió en 1910.

Tras el descubrimiento de las cucharas de arroz de la Costa de Marfil, Giacometti esculpió su Mujer cuchara a finales de 1926. En la Exposition Surréaliste d’Objets, organizada en 1936 por André Breton en la galería Charles Ratton, las obras de Salvador Dalí, Max Ernst, Mirò y Giacometti se exhibieron por primera vez junto a cuatro máscaras esquimales que pertenecían a la Heye Foundation de Nueva York. El arte tribal del continente americano y sus diversos objetos de materiales recuperados e ingeniosamente reciclados carecían de reconocimiento en aquella época.

Reflejo de lo humano y lo divino
Los pintores, escultores y poetas no tardaron en apreciar el valor artístico intrínseco de aquellos objetos, mientras que a las instituciones les llevó más tiempo hacerlo; así pues, la mayoría de las veces, las máscaras y estatuillas no se exponían en galerías de arte, sino en museos etnográficos.

Aunque la estética es importante, el valor del arte tribal no reside esencialmente en ese aspecto. Su verdadera belleza radica en el uso y la utilización del objeto, en las manos que lo han sostenido y acariciado; por no hablar del poder que un pueblo determinado le confirió en una época y un continente concretos, siguiendo una tradición religiosa en particular. Al igual que los retablos de la Edad Media y los frescos de Giotto, las máscaras cumplen una función ligada a las ceremonias de iniciación y los ritos religiosos y denotan distinción social. Son asimismo la encarnación de una divinidad y un ente espiritual, así como un reflejo de los hombres que trasciende épocas y fronteras y los anima a plantearse esas dudas universales sobre los misterios del nacimiento, la vida y la muerte y la relación entre lo visible y lo invisible, lo humano y lo divino.

El auténtico arte del tiempo
Dejando a un lado el simbolismo y la magia de las máscaras, la unión del arte tribal y el arte de la relojería tiene cierta lógica: ambos son criaturas del tiempo.

El verdadero escultor de un objeto, aquello que lo realza y valoriza, lo que desdibuja o difumina su silueta es el tiempo. Las máscaras se crearon por necesidad y tenían una clara dimensión cronológica, pues se utilizaban en todos los rituales, servían para celebrar los cambios de estación y acompañaban tanto a los vivos como a los muertos. Tampoco resulta difícil establecer un paralelismo entre el trabajo anónimo del escultor de una máscara y el del relojero en su mesa de trabajo, en la que dedica meses e incluso años a concebir un nuevo movimiento. Cuando acaban el trabajo, a ambos artesanos se les despoja de su creación, que no suele llevar su nombre y pasa ser propiedad de la persona que la utilizará y de aquéllos que la heredarán de generación en generación, dejando en el aire una infinidad de preguntas y casi ninguna respuesta.

Vacheron Constantin

Vacheron Constantin Métiers d’Art «Les Masques»

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